“La historia no se repite, pero rima”, decía el escritor Mark Twain. Y si bien el litio no es el salitre, los paralelos entre ambos minerales y la forma en que Chile los ha administrado provocan suficientes inquietudes como para ignorarlos.
La historia del salitre, que en su momento fue motor de modernización y orgullo nacional, terminó abruptamente en los años 30 y dejó ruinas, pueblos fantasmas y una economía desfondada por la falta de estrategia y visión. Hoy, con el nuevo “oro blanco”, podríamos tropezar con la misma piedra.
El litio trajo ingresos, visibilidad internacional y promesas de liderazgo en la electromovilidad. Sin embargo, hay complejidades estructurales: políticas de desarrollo que arrastran más de una década de retraso, trabas burocráticas, procesos de permisos lentos, desconfianza entre inversionistas y el Estado, y un mercado que comienza a mirar nuevas alternativas.
El reciente anuncio de la empresa china CATL sobre su batería de sodio, más segura y barata, según afirman, es una señal clara de que la innovación puede golpear la puerta antes de que Chile esté preparado. Ya ocurrió con el salitre natural, cuando lo reemplazó sin aviso su versión sintética. ¿Vamos a esperar que pase lo mismo?
Hay quienes apuntan que el litio no tiene sustituto real en el corto plazo. Probablemente tengan razón, pero eso no es excusa para seguir apostando ciegamente por el extractivismo, exportar salmuera y dejar el valor agregado, otra vez, en manos de terceros.
Con el litio, no solo hay un problema de precios o demanda; hay un problema de enfoque. El error con el salitre fue confiarlo todo a una industria sin diversificación, sin innovación local y sin un plan B. Su caída, en medio de crisis globales y cambios tecnológicos, fue tan abrupta como brutal.
Chile: del discurso a la acción
Chile debe pasar del discurso a la acción. Poner en la palestra la Estrategia Nacional del Litio es correcto, pero sin inversión en I+D, sin capacidades técnicas propias y sin destrabar la permisología, corremos el riesgo de repetir la trampa del salitre: quedarnos como simples exportadores en una industria que otros lideran.
Los ecos de la “fiebre del salitre” están ahí: promesas de riqueza interminable, ciudades que se modernizan, empresarios que viajan por el mundo promocionando el mineral del futuro, y un país que se convence de que el mercado nunca va a cambiar.
Pero la tecnología evoluciona rápidamente, y si no reaccionamos a tiempo, el litio, como el salitre antes, podría dejar de ser el ansiado salvavidas que todos esperaban.
No se trata de estar en contra de exportar litio, sino de tomárselo en serio. No dejarlo en manos de la especulación o la improvisación. Es asumir que el mundo cambia, y que los liderazgos no se mantienen por inercia, sino por estrategia. Lo sabemos bien. Ya nos pasó una vez.














