Hace unos días, alguien nos comentó que el casco histórico de La Serena se encuentra en un estado “calamitoso”. El comentario surgió en una conversación sobre patrimonio, justo en vísperas del Día de los Patrimonios.
Pero lo que llamó la atención no fue la crítica a la conservación urbana, algo común en Chile, sino una contradicción más profunda: una región con un creciente protagonismo minero y una ciudad que, hasta hace poco, era de las más atractivas del país, hoy luce en estado “calamitoso”.
Es la dinámica de muchas regiones que, pese a formar parte de la columna vertebral económica del país, no han logrado traducir esa riqueza en sus calles, plazas o espacios públicos.
Todo esto lleva a pensar que no basta con saber que Chile es un país minero. Lo que importa, en verdad, es si su ciudadanía lo siente así. ¿Lo valora? ¿Percibe ese aporte en su vida cotidiana? ¿Ve reflejada esa riqueza en su entorno más cercano?

Minería como oportunidad de progreso local
Desde abril del año pasado, Chile cuenta con una herramienta que promete acortar esa brecha: la nueva Ley de Royalty Minero. Este año, la normativa entró plenamente en régimen.
Se espera que recaude 1.350 millones de dólares, de los cuales cerca de un tercio irá directamente a los gobiernos regionales y a las comunas, con recursos de libre disposición.
Solo este año, más de 218 mil millones de pesos llegarán a 308 municipios del país. Junto a esto, 22.800 millones se destinarán específicamente a 43 comunas donde operan faenas mineras, mediante el Fondo Común Minero.
La cifra es considerable. Pero su valor real dependerá de algo menos cuantificable: el uso que se le dé a esos recursos.
El valor del royalty se tiene que ver
En zonas como Antofagasta, Calama, Taltal o Tierra Amarilla, la minería no solo sostiene la economía local, y gran parte de la nacional; también conforma parte de su identidad. Son comunas donde el cobre no se expresa solo en cifras: tiene una presencia cotidiana.
Sin embargo, esa riqueza no necesariamente se traduce en mejores servicios, espacios públicos cuidados, barrios seguros o lugares de encuentro convocantes. Entonces, la promesa de la minería queda incompleta.
Lo mismo ocurre en comunas como La Higuera, tan en boga, Freirina o Andacollo. Si sus comunidades no pueden mirar su entorno y sentir que la minería les devuelve algo concreto, tangible, estamos frente a una actividad que opera como un cuerpo extraño.
El desafío se explica con claridad, aunque su ejecución sea compleja: que la minería deje de ser solo cifras y promesas de bienestar, y se convierta en un motivo de orgullo para la comunidad. Para eso, el royalty minero tiene que verse, sentirse, tocar la vida cotidiana.
Esto implica que los nuevos recursos no pueden disolverse en gestiones burocráticas ni en programas poco claros. También exige construir un relato común que vincule las inversiones con una visión de ciudad, de entorno, que valga la pena habitar. Que diga: aquí hay minería, pero también inteligencia, cuidado, seguridad y visión de futuro.
Porque sí, la minería genera externalidades negativas. Nadie lo niega. Pero entonces la ecuación ética se vuelve más urgente: si hay costos, debe también haber beneficios visibles, duraderos y proporcionales. Para las familias que viven en localidades mineras, los jóvenes que estudian, los adultos mayores que requieren atención en salud o las mujeres que lideran organizaciones barriales en sectores con años de postergación.
Por mucho tiempo, Chile discutió si debía o no tener un royalty minero. Ya lo tenemos. Pero lo que viene ahora es algo mucho más difícil: hacer que ese royalty valga la pena.
Eso involucra a los municipios, a los gobiernos regionales, a la industria y al Estado en su conjunto. La propuesta es poder creer que una ciudad ligada a la minería puede también ser una ciudad con su patrimonio bien cuidado, una ciudad amable, segura y que entregue oportunidades, una ciudad que se agradece.
Un valor de la minería es que no solo extraiga, sino que también construya. La gran pregunta es si la sociedad chilena y el Estado están dispuestos a asumir con fuerza esa responsabilidad.
El royalty puede ser la llave, o puede ser otra oportunidad perdida.














