Hay cifras que nos obligan a reflexionar. La deuda bruta de Chile alcanzaría el 42,8% del PIB para 2025, un nivel no visto desde 1990.
Los datos publicados por la DIPRES muestran un aumento del 1,1% respecto al período anterior, con una deuda que pasó de representar un 3,9% del PIB en 2007 a convertirse en un desafío de dimensiones mayores. Esto proyecta un déficit estructural significativo para enfrentar 2026, estimado en un 2,2% del PIB.
A pesar de esta difícil situación fiscal, el cobre sigue siendo el pilar sobre el que se sustenta la viabilidad del horizonte económico nacional. Motor permanente de la economía chilena, es una de las pocas piezas viables para enfrentar este desafío.
En medio de un panorama de números negativos, es posible que esta situación no logre eclipsar del todo la oportunidad de oro que ofrece el desarrollo y la tradición minera de Chile.
La creciente demanda global, impulsada por la imperativa descarbonización del planeta y la consolidación de nuestra industria, puede configurarse como una salvaguarda respecto a ingresos fiscales que podrían significar más de US$1.000 millones adicionales, según estimaciones de analistas. Sin embargo, las perspectivas a largo plazo dejan importantes reflexiones sobre el futuro de este mineral esencial.
La viga maestra ante la presión fiscal
Chile, aún con su diversidad, sigue configurándose en gran parte en base al cobre. Este recurso representa el 49,5% de las exportaciones del país, según datos de Cochilco, contribuye con alrededor del 10% del PIB nacional, según el Banco Central. A pesar de los vaivenes del mercado internacional, el cobre se mantiene como la espina dorsal de nuestra economía.
Así, en un contexto fiscal complejo, donde se multiplican los desafíos y tensiones sociales, y la presión sobre el gasto público se intensifica, el cobre sigue siendo el recurso estratégico que podría permitir al país sortear estas tempestades económicas.
El Estado en su conjunto debe replantearse cómo gestionar eficientemente los recursos derivados de esta tradición minera. La recaudación por el royalty minero superó las expectativas, lo que demuestra la capacidad de la industria para generar recursos que permitan financiar las políticas públicas que la sociedad exige, sin recurrir a un peligroso aumento del endeudamiento.
En 2024, el royalty recaudó US$1.550 millones, superando las estimaciones del gobierno, que bordeaban los US$1.350 millones. Solo minera Escondida desembolsó casi US$840 millones, cifras que confirman el peso decisivo del cobre en las arcas del país.
Trabajo con el entorno y los proveedores
Además del Fondo de Comunas Mineras que incluye el royalty, el metal rojo es un motor vital para esas zonas, donde se generan empleos directos y se activan economías locales en distintos niveles, funcionando como un sistema circulatorio con pymes, emprendedores y proveedores ligados directamente a la industria, con la respectiva recaudación fiscal.
Sin embargo, hay un factor importante a considerar: el consumo de agua en zonas de escasez, la calidad del aire y los residuos generados por la actividad minera. Estos factores no deben pasarse por alto, ya que afectan directamente a las comunidades cercanas a las faenas y a los ecosistemas circundantes.
De esta forma, la minería debe enlazar su rol económico esencial con el objetivo de ser más sostenible con el entorno para afianzar su respaldo social. En este contexto, tecnologías como la desalinización del agua, la recirculación, las tecnologías de monitoreo y la electromovilidad, que desarrollan proveedores, juegan un papel fundamental.
Es urgente impulsar soluciones que minimicen el impacto ambiental, desde la reducción de emisiones de CO₂ hasta la masificación de energías renovables no convencionales.
La minería, en el camino correcto, da pasos importantes hacia una mayor sostenibilidad. Proyectos como los de ERNC de BHP en Escondida y Spence, así como la extensión de plantas desalinizadoras de agua, son solo el principio de una transición que podría extenderse de forma transversal en toda la industria.
La inversión en energías renovables se convierte en una necesidad estratégica, y Chile tiene el potencial de liderar este círculo virtuoso, vinculando minería y energías renovables.
Oportunidad geopolítica
Con sus desafíos medioambientales inherentes, la minería sigue siendo fundamental para sostener la transición energética global. La demanda de este recurso, especialmente en sectores como la electromovilidad y las energías renovables, se mantendrá firme y al alza en los años venideros, salvo alteraciones imprevistas.
Chile tiene la opción de especializarse aún más en este recurso, desarrollar su potencial y jugar su rol geopolítico, sorteando los grandes desafíos económicos y de gasto que el contexto fiscal nos impone. El asunto es hacerlo sin dejarse seducir por promesas vacías que pongan en riesgo esta oportunidad. Somos optimistas al respecto.














