La guerra no se declaró, pero al parecer sí empezó. Primero fueron las incursiones con drones y misiles en la frontera con Gaza, escenario donde se cruzaron las tensiones entre Israel e Irán a través de sus proxies, los grupos armados que actúan en nombre de otra potencia sin que esta intervenga directamente.
Luego, misiles lanzados al norte de Israel. Después, el cráter bajo tierra en Natanz: el ataque que dañó parte de la infraestructura nuclear de Irán en 2021. La madrugada de este 22 de junio, Estados Unidos bombardeó directamente instalaciones nucleares iraníes. Las imágenes llegaron con poca nitidez, pero con un mensaje claro: la hostilidad traspasó la frontera de la diplomacia.
Y como suele ocurrir, los primeros en reaccionar no fueron los Estados, ni los diplomáticos, ni los analistas de seguridad. Fue el mercado.
El precio del petróleo se disparó hasta rozar los US$90 por barril, lo que implicó un alza de casi el 20% en pocos días. Una de las principales presiones viene de la amenaza de un cierre del estrecho de Ormuz, la angosta vía marítima estratégica por donde pasa cerca de un quinto del petróleo que consume el planeta, y que Irán podría bloquear como respuesta en el conflicto.
Como una cuerda tensa que vibra al mínimo roce, el cobre también reaccionó. No fue una respuesta directa a la amenaza, sino un gesto de refugio. El metal rojo no solo se comportó como un mineral crítico, sino como una forma de defensa en el mercado.
Cuando el refugio se vuelve físico
Mientras las criptomonedas pierden solidez por su alta volatilidad en contextos de incertidumbre geopolítica, el oro refuerza su lugar como escudo financiero y las bolsas tantean movimientos entre sobresaltos. El cobre, en tanto, toma impulso como refugio material: tangible, necesario y confiable en un mundo donde los inversionistas vuelven a mirar los metales.
Las criptomonedas, que alguna vez se anunciaron como el nuevo oro digital, han dejado en evidencia su poca consistencia frente a los temblores geopolíticos. De hecho, tras el bombardeo del 22 de junio, en un par de horas Bitcoin perdió más del 4 % de su valor, cayendo de unos US$102.000 a alrededor de US$99.000.
Aun así, esta reacción no fue algo nuevo: el economista Mark T. Williams, de la Universidad de Boston, advirtió ya en 2014 que Bitcoin es siete veces más riesgoso que el oro y quince veces más riesgoso que el dólar estadounidense.
Respecto a las criptomonedas, su valor depende de la narrativa tecnológica y de las promesas de descentralización de la economía, que hoy suenan lejanas frente a las necesidades concretas del sistema físico: energía, transporte, conectividad.
Junto a esto, en los últimos meses han enfrentado presión regulatoria en Europa y EE.UU., caídas técnicas, liquidaciones masivas y una pérdida de credibilidad como activo seguro. En ese vacío simbólico, entra el cobre.
El metal rojo resiste la tormenta de un mercado nervioso
Hay movimientos financieros que reflejan esta tendencia. Desde principios de junio, algunos flujos de capital se han desplazado desde activos digitales hacia metales industriales. En este contexto, el precio del cobre, que a comienzos de mes rondaba los US$4,30/lb, ya se ubicó cerca de los US$4,80/lb. Además, algunos especialistas estiman que podría superar los US$5,00/lb, o incluso los US$5,20/lb, si el conflicto escala.
Pero lo más revelador no son estos números, sino la acción. El cobre, el mismo metal de los cables y motores, empieza a ocupar un lugar similar al oro en el mercado.
No lo reemplaza, ya que el metal precioso aún cumple su antiguo rol de refugio financiero en tiempos de crisis, pero el cobre agrega algo distinto: no solo resguarda el valor, sino que habilita el funcionamiento del mundo físico. Es refugio, pero también infraestructura, transición y continuidad.
Por fortuna, Chile está fuera de la línea de fuego. Pero figura donde se trazan los planes energéticos, los contratos de abastecimiento y los mapas de minerales críticos. Con una producción proyectada de 5,8 millones de toneladas para 2025, según Cochilco, nuestra minería se mantiene como el primer actor de un mercado que se volvió nervioso.
El metal rojo figura como garantía frente al caos, como un metal que no se disuelve, que no requiere explicaciones ni algoritmos. Solo extraerse, fundirse y conducirse.








