Así lo plantea Rérison Otoni, Director de Manufactura Inteligente de Stefanini Group. «Producir más no dependerá únicamente de incorporar nueva capacidad, sino de obtener mayor valor de los activos, recursos y operaciones existentes», afirma.
La inversión crece, pero también la exigencia
Chile produjo alrededor de 5,39 millones de toneladas de cobre de mina en 2025, según Cochilco. Las proyecciones anticipan un crecimiento en el corto plazo, con un máximo cercano a los 6 millones de toneladas hacia 2027. Después, el agotamiento natural de los yacimientos y los planes de explotación empujarían un ajuste.
A eso se suma otra presión. Cochilco proyecta que el consumo eléctrico de la minería del cobre subirá desde 27,6 TWh en 2025 hasta 33,2 TWh en 2034, un alza de 20,2%. El TWh, o teravatio-hora, es una unidad de energía. Para dimensionarlo, en el mismo período la producción de cobre aumentaría solo 8,3%. En otras palabras, cada tonelada exigirá gestionar de forma cada vez más eficiente la energía, el agua y los equipos.
Una mina inteligente no es la que tiene más sensores
De ahí surge la definición que propone Otoni. «Una mina inteligente no necesariamente incorpora más inteligencia artificial, automatización o sensores. El verdadero reto es conseguir que esas tecnologías se traduzcan en productividad, seguridad, eficiencia y mejores decisiones operativas», comenta.
El punto es relevante, porque las operaciones ya generan enormes cantidades de datos. Los producen la maquinaria, los sensores, los sistemas de producción, el mantenimiento y el monitoreo ambiental. Por eso, el problema ya no es la falta de información, sino convertirla en decisiones. Una faena puede tener miles de puntos de datos y, aun así, decidir con información fragmentada o que llega cuando el evento ya ocurrió.
El rol de la inteligencia artificial
Aquí es donde entran la inteligencia artificial y la analítica avanzada. Al integrar información de distintos procesos, estas herramientas permiten identificar patrones, detectar anomalías y generar alertas. Así, los equipos pueden anticiparse a determinados eventos en lugar de reaccionar cuando ya pasaron.
Pero existe una condición. Según Otoni, la tecnología debe resolver un problema concreto del negocio. «Si el objetivo es reducir tiempos de mantenimiento, mejorar la disponibilidad de los equipos, disminuir riesgos para los trabajadores o hacer más eficiente el consumo energético, la tecnología debe diseñarse alrededor de ese objetivo y no al revés», explica.
La autonomía conecta el mundo digital con el físico
Otro punto que destaca el ejecutivo es que la automatización no ocurre en un vacío digital. Para dar resultados, las capacidades tecnológicas deben integrarse con las condiciones reales de la operación.
Es decir, la autonomía real requiere infraestructura preparada, mantenimiento adecuado, conectividad confiable y procesos rediseñados. También exige personas capaces de intervenir cuando las condiciones se alejan de lo previsto. Por eso, el avance tecnológico también modifica el papel del talento en la faena.
El verdadero indicador será la productividad
El peso económico de la minería vuelve esta discusión especialmente urgente. De acuerdo con el Anuario de Estadísticas del Cobre y Otros Minerales 2025 de Cochilco, la minería representó el 61,19% de las exportaciones del país durante 2025. Solo el cobre concentró el 50,32% de los envíos totales.
Además, la inversión efectiva de la gran minería privada del cobre y el oro, junto con las empresas estatales, alcanzó los US$15.523,6 millones, un 6,8% más que el año anterior. Es el mayor monto desde que comenzó la serie en 2001. Son cifras que muestran el peso de la actividad, pero también elevan la exigencia sobre su competitividad. Por ello, la pregunta deja de ser cuánta tecnología usa una compañía y pasa a ser cuánto valor adicional consigue con lo que ya tiene.
De los proyectos piloto a los resultados reales
La industria ya experimentó con múltiples tecnologías. El siguiente paso es llevar esas iniciativas desde el piloto hasta aplicaciones capaces de generar resultados sostenibles a escala.
Otoni aporta un ejemplo concreto. «En un proyecto de monitoreo ambiental para una empresa de recursos naturales y minería de Brasil, la combinación de IoT e inteligencia artificial permitió reducir 27% las visitas de campo de los operadores, mediante información en tiempo real y alertas inteligentes», señala. El IoT, o Internet de las Cosas, es la red de equipos y sensores conectados que envían datos de forma automática. Según el ejecutivo, ese resultado no vino de instalar sensores, sino de rediseñar un proceso operativo a partir de los datos.
Una oportunidad para Chile
La magnitud de las inversiones proyectadas confirma que Chile seguirá teniendo un papel central en la minería mundial. Al mismo tiempo, la demanda de electricidad continuará subiendo y también cambiará la forma en que las faenas gestionan recursos como el agua. En ese contexto, hacer más inteligente una mina deja de ser solo una agenda de transformación digital y se vuelve una cuestión de competitividad.
Finalmente, la conclusión de Stefanini apunta a que ninguna tecnología resuelve el desafío por sí sola. Ni la inteligencia artificial, ni la automatización, ni los datos. La oportunidad aparece cuando esas capacidades se integran con infraestructura, procesos, conocimiento operacional y talento. Para una industria que deberá producir más mientras administra mejor energía, agua y activos, esa integración puede ser una de sus principales fuentes de competitividad en la próxima década.














